¡Qué bajo, pero que rico!
Según David Byrne, toda escena musical se define inicialmente por su sentido de alienación frente a la corriente anterior predominante y el bar se convierte en el lugar para que los alienados, que no encuentran bandas y canciones que narren el mundo como ellos lo están experimentando, compartan sus gustos y animadversiones frente a la escena musical dominante. Desde finales de los 80 y antes de que apareciera la escena alternativa coexistieron en Cali otras dos escenas: la metalera con bandas como Ángel Negro, Ardoz, Atrium, Inquisition, Legend Maker y Kaos, descendientes directos de Krönos, y la escena punketa, más cercana a la alternativa, con bandas como Antisocial, T.H.C., L.S.D., L.M.P. y La Última Neurona.
Si había una enemiga común entre metaleros, punketos y alternos, esa era la salsa y, por extensión, el salsero. Oír salsa o sugerir que te gustaba la salsa era una herejía para personas empeñadas en desacralizarlo todo. Volverse salsero era equivalente a la peor traición. Para colmo, muchos músicos en Cali terminaban pasando del rock a la salsa para poder vivir de la música debido a su carácter comercial. Esta animadversión de los rockeros de la época por la salsa ayuda a entender por qué en Cali la presencia más directa de elementos latinos y mestizos se tomó más tiempo que en Bogotá y Medellín, aunque bandas como Doña Doris son la excepción que confirma la regla.
En los 90 la salsa ya era omnipresente en el mainstream caleño, pero no siempre fue así. Cali como capital mundial de la salsa es un invento ochentero.
En los años 50 los ritmos mexicanos y antillanos llegaron con el cine y la radio, y en los años 60 y 70 a través de los discos de Tico, Fania y Cotique prensados en Nueva York, y los discos peruanos editados por el sello MaG y por las orquestas de salsa que visitaban las casetas locales. En ese entonces la salsa tenía un arraigo y una asociación estrecha con los barrios populares de Cali como el Barrio Obrero. La novela ¡Que viva la música! (1977) de Andrés Caicedo, por ejemplo, muestra cómo la salsa expresaba los problemas del barrio latinoamericano de las clases populares y cómo para la burguesía caleña de la época, el que Maria del Carmen Huerta, la protagonista de la novela, se entregara a la salsa suponía un acto de desclasamiento. Sólo es hasta finales de la década del 70 y principios de los 80 que la salsa empezó a ser reconocida por los caleños como parte de la identidad local.
Ya en los 90, la salsa se encontraba volando entre sábanas blancas y habitaciones de motel. Con ese giro de la salsa hacia la alcoba, el rock empezó a dar cuenta de forma más certera de la cruda realidad del país, el contexto del narcotráfico, la corrupción rampante, el nihilismo generalizado y la desesperanza producida por ese panorama.
En contraste, el rock caleño de finales de los 80 en su vertiente hard rock y heavy metal, y el rock alternativo de los 90, estaban conformados en su mayoría por jóvenes de los colegios bilingües privados de Cali, quienes provenían de familias con ingresos altos y medios altos. El punk tuvo un origen un poco más popular en sus inicios en barrios como Calima y Floralia (Borrero, 1991), pero en general el rock en Cali, a diferencia de lo que ocurrió en México o Argentina, no tuvo un arraigo que lo hiciera parte del imaginario colectivo cultural de la ciudad o la nación.
En la Cali de principios de los noventa había una polarización entre los metaleros y los punketos. Fernando Borrero registró esa rivalidad en el documental Punkalimetal (Borrero, 1991). Para él, ambas subculturas eran esencialmente “expresiones auténticas de la crisis del modernismo”, del crecimiento urbano sin planeación y se oponían fundamentalmente a lo mismo: a la sociedad y las religiones opresoras y, en general, a todo aquello que se percibiera opresivo. Sin embargo, hay una diferencia estilística fundamental: la relación del punk con la realidad es más directa y menos metafísica que la del metal, que suele usar metáforas y alegorías líricas de carácter épico y mítico.
Pero esa dicotomía del punk y el metal se rompió con la aparición de la cultura alternativa y géneros como el grunge, el hardcore, el hip hop y la música industrial que incorpora electrónica y nu metal.
Así las cosas, lo alternativo se presentó como una realidad fragmentada y de contraposición a la cultura dominante, pues se opuso a la universalidad. Y logró hibridar metal y punk.
Dos conciertos marcaron esta transición de manera decisiva. El primero fue Decibels, celebrado en marzo de 1991. Este festival al aire libre se realizó en las bodegas abandonadas del tren en Chipichape en un concierto de doce horas. Aunque su cartel estaba compuesto por los principales exponentes del heavy metal, hard rock y punk de la ciudad como Kronos, Ardoz, Black Eagles y Der Schatten, este concierto funcionó como el cierre simbólico de los 80 y el inicio de una nueva década, pues algunos de los miembros de estas agrupaciones formaron nuevas bandas de la escena alternativa caleña.
Un año después, el primer concierto en Cali de la agrupación Estados Alterados de Medellín en el coliseo del colegio Santa Librada, el viernes 13 de marzo de 1992, fue un punto de inflexión similar a la presentación de los Sex Pistols en Manchester en 1976, pues ambos eventos mostraron un nuevo camino. El documental sobre el concierto, titulado Estados Alterados (1992), también dirigido por Fernando Borrero, registra algo que nunca había ocurrido en Cali: metaleros y punketos pogueando entre sí. No es entonces ninguna casualidad que si el inicio tuvo una banda sonora entre darkwave y synthpop, hacia finales de la década, la escena alternativa se haya articulado alrededor de la música electrónica con proyectos como DiosHaMuerto, TraumaEra, La Espiral, La Fábrica y Nodjz y géneros como el trip hop, el latin house, el techno y el electro que se afianzaron en el repertorio musical alternativo en los comienzos del año 2000 en bares como El Desván y las tercera y cuarta encarnaciones de Forum, tal como Madchester pasó del post punk a ser la cuna del rave y la electrónica.
Si bien la escena alternativa no tenía una animadversión directa frente a la escena del metal, es evidente que hubo un giro estético en los años 90 igual al que se dio a nivel mundial. La vestimenta es el primer indicio: pelos largos con mucha laca y volumen, chalecos, cuero, flecos, licras rotas y botas a media caña y de tacón que representaban la estética dominante en los años 80, fueron reemplazados por pelos largos naturales, franelas, zapatos Converse modelo Chuck Taylor, algodón y jeans. Es muy probable que en una ciudad tropical como Cali nunca se vendieran tantas camisas de franela a cuadros con patrón de leñador como en esa época. El sonido y las temáticas también eran radicalmente distintas. Aunque el rock alternativo caleño también hablaba del amor y las relaciones, describía la situación social urbana de una manera cruda y directa a través de letras que hablaban del narcotráfico, el terrorismo, la corrupción rampante y la violencia en sus múltiples formas, lejos de la alcoba y de metáforas o imágenes míticas.